El hielo

Publicado en cuatro entregas en Sttorybox, una web magnífica donde cualquiera puede colgar su historia y puntuar y seguir la que le guste. Para mí Sttorybox ha sido un gran descubrimiento, ¡y también un reto!, porque te obliga a hacer buenos comienzos, que enganchen, para que los demás te puntúen al menos con tres “me gusta” y poder así continuar la historia.

Cuando Sara se shieloentó a la mesa parecía de lo más normal. Es decir, estaba más morena, y sus ojos brillaban de emoción al contarme cada detalle de su viaje a Túnez. Pero algo raro, perturbador, pasó por su mente cuando el camarero le ofreció hielo para su café. Tras medio segundo de parálisis lo aceptó y empezó a gesticular más rápidamente, su pecho subía y bajaba con rapidez y su rostro se sonrojó completamente.

Yo actué normal y no le pregunté nada, y en pocos segundos su interminable plática pareció calmarla. Yo disimulé, miré para otro lado, cogí un palillo, le hice una pregunta sin importancia. Ella se sintió segura en su secreto, se le notó mucho. Sé que Sara es un ser lujurioso pero no puedo creer que me haya sido infiel. ¿O se tratará de otra cosa? El misterio me tuvo absorto el resto del día hasta el punto que ella me dijo:
-Te veo raro, Miguel, ¿seguro que te alegras de verme?
-Claro que sí, amor- contesté con mi mejor sonrisa, pero la sombra de la infidelidad le dio a mis palabras un silbido reptiliano.
Pero esta noche lo averiguaré. ¿Os dije que habla en sueños? Ese es mi secreto.

Como os iba contando (les dije a los compañeros de barra), a la hora de la cena, aún con su maleta abierta en el salón y el gato rozándose con su pierna color café, no paré de ofrecerle vino: esto hacía más probable que, cuando durmiera, el fluir de sus pensamientos se convirtiera en palabras susurradas. Pensaréis que soy un canalla, pero no es así: amo la verdad por encima de todo, y es por eso que escucho los pensamientos íntimos de mi mujer, que, hay que decirlo, los ofrece al mundo sin que nadie se los pida, ella es así. No tiene nada de censurable escucharla, ¡casi diría que es un acto de justicia! (un par de cabezas asintieron, demasiadas esperaron que continuara sin más, en fin…)
Nos pusimos el pijama y nos cepillamos los dientes a la vez, mirándonos al espejo, y no pude evitarlo, quizá por el vino que ingerí para animarla a beber, quizá por la expectación que me creaba su inminente fase REM, empecé a bailar. Una danza grotesca, pero muy alegre, consistente en dar saltitos y golpes de culo a culo, a la vez que tarareaba una canción que para ella debía resultar ininteligible. Al momento ella  se animó y ya éramos dos haciendo el indio frente al espejo. El enemigo está confiado, pensé mientras me enjuagaba, y sonriendo ampliamente entré en la cama. Lo que no había sospechado es que ese baile inocente había activado ciertos resortes químicos en ella, y cuando encendía la luz de la lamparita me la encontré inesperadamente encima de mí, ronroneando igual que el gato y mordiéndome una oreja.
No es mi intención entrar en detalles picantes, bien sabéis todos que soy un hombre de bien (todos los demás parroquianos apoyados en la barra asintieron y bebieron, curiosamente a la vez). El caso es que practicamos, en fin, ya me entendéis…
-Vamos que la Antonia mordió la almohada- dijo Pepe el camarero, provocando sonoras carcajadas entre la audiencia, hasta hace un momento completamente entregada.
-PuesssÍ- dije, por qué no reconocerlo, algo picado- Pero está mal que tu lo digas.
-Pues dilo tú- dijo otro, el listillo, ains, provocando nuevas risas- que nos cortas lo más interesante de la historia.
-¡Callaos! El caso es que con el vino y con el gustito postcoital… me quedé dormido.
Ahora la jocosidad había desaparecido de las caras, todos me miraban con asombro.
-Amos no jodas, qué cuento te tienes- dijo Pepe sonriendo junto a nosotros, y finalmente se fue a atender a dos guiris que en la otra punta del bar llevaban gesticulando desde que empecé la historia, demostración de que el desprecio de Pepe es fingido y que, como todos, desea desentrañar el misterio del hielo.
-De verdad que ha sido así- dije a las miradas escépticas y las medias sonrisas que entreveía tras los culos de las jarras.- Al despertar he visto que ella ya se había ido a trabajar, se me escapó la oportunidad. ¿Qué puedo hacer?
-¿Por qué no se lo preguntas directamente?- dijo Pepe que ya estaba de vuelta, con su simplismo y su sonrisa de superioridad, siempre unidas. Arg.
-Pues no, listillo, porque me mentiría, y quiero pillarla en un arrenuncio. Además tengo un plan.
-¿Cuál?- preguntaron todos a la vez.
-Le voy a ofrecer un hielo- dije con una sonrisa triunfal.

Sara se encontraba sola en casa, aburrida en su sofá. Apagada la tele con hastío, su mente volvió a las dunas interminables, a los tés humeantes de penetrante olor,… y al cuerpo musculoso de Afrin.

Cuando la abordó ella sintió un poco de miedo, pero enseguida se sintió segura. Estaba en el centro de la ciudad de Túnez, en medio de las tiendecitas abarrotadas de nativos y turistas no podía correr peligro.
-De dónde eres?
-Española, ¿por?
El hombre la miraba con ojos tranquilos, y sus movimientos calmados y cierta sonrisa tímida la tranquilizaron del todo.
-Estoy aprendiendo inglés, pensé que eras inglesa, con esa melena rubia.
Ella soltó una carcajada.
-Bueno, no se me da mal el inglés.
Cinco minutos después estaban tomando un té en una cafetería del centro, pero el saloncito interior era un sitio recogido, íntimo. Ella se sentía tremendamente atraída por aquel tunecino de palabras envueltas en misterioso acento árabe y piel oscura, de mirada que la desnudaba, y de sus continuas insinuaciones, a las que ella respondía con una risa que cada vez, no podía evitarlo, era más nerviosa. Pidieron algo de comer, ella dejó que escogiera, era su “guía indígena” (así lo afirmaba él con esa extraña sonrisa seductora), y cuando el camarero se fue él giró la cabeza y la cazó mirando sus musculoso brazo. Ella miró para otro lado, azorada.
-¿Hace calor, verdad?
-Aquí siempre hace calor. Pero tenemos remedios para eso.
-¿Cuáles? preguntó ella volviendo deprisa la mirada y el interés.
Él por toda respuesta cogió el hielo de su café y lo chupó mirándola a los ojos. Si eso la puso nerviosa, más aún lo estuvo cuando el bajó su mano debajo del mantel, y más aún cuando notó un frío intenso que la acariciaba allí donde todo era ya agua. La pareja que se sentaba junto a ellos probablemente se dieron cuenta de todo, y quizá por eso fue el mejor orgasmo de su vida.
Después de ese día siguieron otras noches con Afrin, doce exactamente, lo que quedaba de estancia en el hotel.
Ahora ella recordaba esos momentos y su mano masajeaba su clítoris cada vez más rápido, su cuerpo se deslizaba por el sofá como una culebra.
-Afrinn….-susurró.
En ese momento sonó la cerradura de la puerta. Ella se recompuso como pudo y se levantó a recibirle.
-Que tal el día?
-Pues como siempre- dijo él preparando café, con una extraña mirada. ¿Se habría dado cuenta de que estaba masturbándose cuando había llegado?
Ella se sentó y encendió la tele, intentando calmar su respiración y deseando que sus pezones dejaran de marcar la camiseta. La verdad es que no le apetecía nada hacerlo con su marido. ¿Por qué tenía todo que ser tan complicado? Cuando llegó con las dos tazas humeantes ella había tranquilizado su respiración y en su mente pasaban solo focas y ballenas del documental que estaba viendo, muy frío y poco fálico todo. Pero su recién lograda compostura se derrumbó cuando el dijo con evidente malicia, enarbolando una pinza con un cubito:
-¿Quieres un hielo?

-Pues, Miguel, mira, no te lo quería decir porque me parecía ridículo pero…- dijo ella pensando rápidamente e intentando controlar la sangre latiendo fuerte en sus mejillas- en Túnez aprendí un nuevo truco de belleza, con un hielo, esa es la verdad.- Dijo y calló mirando a sus ojos, temiendo encontrar la duda o una horrible carcajada, pero Miguel únicamente la miraba con los ojos muy abiertos y la cabeza algo ladeada, como con cara de oso panda.
-Te lo explico- dijo ella recomponiéndose y moviéndose ligeramente para adelante.

Ante la perplejidad de su marido, cogió el hielo de su pinza, y poniendo su cabeza hacia arriba, puso el hielo en la punta de su nariz.
-¿Ves? Se hace así, y no te lo quería decir, pero te vendría muy bien hacerlo todos los días, ayudaría a quitarte esas… venillas.
-¿Venillas?- dijo el aún desconcertado, ahora incluso asustado.

Al día siguiente Miguel está con sus amigotes en el bar, sentados en las mismas posiciones que llevan ocupando durante años. Pero esta vez tiene un hielo derritiéndose en la punta de la nariz, y salvo él todos parecen muy divertidos.

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